Estuvimos tan a gusto con ellos como si estuviésemos en nuestra propia casa, nos sentíamos como parte de la familia. Nos agasajaron regalándonos las ropas típicas de allí y bisuterías. Nos tenían como invitados de lujo, no nos dejaban ayudarles a nada y solo comía con nosotros nuestro “ahijado” (que también dormía con nosotros) y algunas veces su hermano pequeño y la hermana que nos hacía la comida y nos acompañaba siempre.

Las condiciones de vida son muy precarias, mucho calor, muy poca agua, poca alimentación, mucha arena y piedras, nada de vegetación y ausencia de libertad, cosas que vemos aquí básicas e imprescindibles allí no las tienen, pero siempre estaban sonrientes.

Un día nos llevaron de excursión a las dunas, tras pasar los correspondientes controles salimos de la wilaya (ciudad) y nos adentramos en la arena. Llevaron agua y zumo e hicieron allí el te, cual picnic en el campo pero con otro paisaje. Estar en las dunas es impresionante, solo ves arena por todas partes, corría el viento y circulaba la arena por delante de nuestras caras, a la sombra del coche se estaba bien y los peques disfrutaron de rodar por la arena.

 

 

 

 

 

 

 

 

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