¿A qué te refieres con eso de que sea constante?

Y aún te digo más…

¿en qué tengo que ser constante?

Crecí con la idea de que ser constante era hacer siempre lo mismo, elegir algo y seguir, seguir y seguir con lo mismo. Tenía que poner constancia en algo “por siempre jamás”, porque la única forma de triunfar en la vida era ser buena en algo y para ello había que ser constante.

Yo era una persona inquieta ¡me interesaban tantas cosas! y le ponía entusiasmo a todo lo que hacía hasta que perdía el interés por ello o aparecía algo que me interesaba más en ese momento. Así que los demás me veían como una persona inconstante. Cuando mis inquietudes me llevaban a recorrer nuevos caminos, de una forma u otra, me llegaba el mensaje de que no era constante porque todo lo dejaba.

No lograba entenderlo, creía que algo en mí no estaba bien. ¿Por qué no podía gustarme una sola cosa y ser muy buena en eso? ¿Por qué tenía esa necesidad de conocer y experimentar con cosas diferentes?

Elegir algo “para siempre” era para mí ¡absolutamente imposible! El refrán “aprendiz de mucho, maestro de nada”, de tanto oírlo quedó grabado en mi mente. ¿Y si no lograba elegir una sola cosa? Estaba perdida, iba a tener que conformarme con ser una persona mediocre en todo lo que hiciera en la vida…

Pero no, no podía ser, yo era rebelde, no podía conformarme con eso, yo sería capaz de hacer todo lo que quisiera y además hacerlo bien. Bien no, perfecto. ¡Así era yo!

Aprendí a ser constante “en tratar de ser” como se suponía que tenía que ser y este tipo de constancia me hizo daño porque me alejaba de mi esencia. Afortunadamente nunca terminaba de lograrlo ya que algo en mi interior me ayudaba a perseverar en algo más importante, en mi propia búsqueda.

Mi constancia era otra, yo era constante en mi forma de sentir, en mi forma de ilusionarme, en mi deseo de conocer y en mi deseo de aprender. Sin ilusión no hay aprendizaje, ni vida. Y para vivir yo necesitaba implicarme en cosas que me apasionaran ¿qué más da cuánto tiempo me hayan apasionado? ¿un día, una semana, un mes? ¿un año, dos años, toda una vida?

Con los años conseguí entender que ser constante es precisamente lo que me ha hecho avanzar en la vida. Ser constante en seguir adelante, en implicarme al máximo en cada cosa que hago, en escuchar a mi corazón y fiarme de mi intuición, en protegerme de lo que me hace daño, en rebelarme a mi manera ante lo establecido si no concuerda conmigo, en elegir siempre el amor como guía interna.

¿Quién me hubiera dicho que ser perseverante es una de mis características?

Hoy reivindico el permiso para ser como somos, sin juicios, sin etiquetas. Vivir con ilusión, haciendo lo que nos mueve desde dentro y en conexión con nuestra propia esencia es lo que nos hace ser felices.

Imagina que te gusta viajar y te dicen que seas constante, que viajes siempre al mismo lugar hasta que lo conozcas perfectamente ¡¡qué es eso de viajar cada año a un sitio diferente!!

Así que te propongo que la próxima vez que te parezca que un niño o niña (o joven) no es constante; porque antes le gustaba la guitarra y ahora ya no la usa, ya que se ha encaprichado con el piano; o porque antes jugaba al baloncesto a todas horas y ahora solo quiere nadar; piénsalo dos veces (o tres) antes de reprochárselo, porque solo quiere seguir experimentando. Ya se enfocará en lo que se tenga que enfocar cuando tenga que enfocarse. Quizá haya nacido para ser una persona multidisciplinar en lugar de ser especialista en una única disciplina.

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