¿Te has parado a pensar en la cantidad de estímulos que dejas pasar a tu cuerpo y a tu mente en un solo día? A veces vivimos con el «volumen» de la vida demasiado alto. Como personas altamente sensibles (PAS), es fácil caer en la saturación invisible y el estrés diario debido a la sobreestimulación ambiental. Nos vamos llenando por dentro hasta que sentimos que no podemos más, por eso la autorregulación es nuestro mejor salvavidas para recuperar la calma.

La acumulación silenciosa: Cuando los estímulos se van sumando

📈 Hoy te abro las puertas de un día cualquiera en mi vida para que observes, a través de mi experiencia, cómo se va acumulando esa saturación invisible y qué pequeñas acciones nos pueden ayudar a regularnos.

El sábado pasado tuve un día de esos intensos, lleno de bonitos momentos compartidos y, al mismo tiempo, un mapa perfecto sobre cómo funciona nuestro sistema nervioso cuando tenemos la sensibilidad más desarrollada.

El día empezó de forma muy tranquila: pasear con mi perrita, desayunar y hacer tareas mecánicas en casa: limpiar el baño, poner lavadoras, tender… Todo a un ritmo tranquilo y con el corazón contento. Fue a partir del momento de salir de casa cuando empezó la acumulación de estímulos.

Mi marido y yo habíamos quedado en Zaragoza para comer con una amiga y decidimos ir con la moto. La verdad es que me encanta “ir de paquete” en la moto porque me permite desconectar de otras cosas y pensar en silencio mientras disfruto por la carretera sintiendo el aire sobre mí. Pero al entrar en la ciudad, el escenario cambió: obras, semáforos, mucha gente, tráfico, y un calor que empezaba a pesar bajo la ropa protectora. Ahí aparecieron las primeras gotas de estrés.

Al llegar al restaurante (un vegetariano que nos encanta), nos encontramos con una fila larguísima que salía a la calle. No nos sorprendió porque es lo habitual allí, pero estuvimos una hora esperando y aunque la conversación con mi amiga y saludar a una conocida que nos encontramos, hizo la espera entretenida, mi cuerpo y mi mente estaban registrando demasiadas cosas: personas entrando y saliendo, el ir y venir de las bandejas, el murmullo constante…

En una persona altamente sensible (PAS) como yo, toda esa información visual y auditiva entra a la vez y al final, mantener una conversación en ese entorno se convierte en un esfuerzo extra que va minando nuestra energía.

Los patrones automáticos

🤖 A la hora de pedir la comida, caí en un patrón inconsciente que me llevó a caer en otro justo después. Ambos los conozco bien y aun así volví a repetirlos (espero ser capaz de no hacerlo la próxima vez).

Mi primer patrón: Aunque sé perfectamente que en casa como un solo plato y me basta, terminé pidiendo el menú completo que incluye dos platos y postre. ¿El resultado? Mi segundo patrón: Comer por encima de mis señales de saciedad para cumplir con el mandato interno de «en el plato no se deja nada» y terminar la comida sintiéndome empachada, pesada e incómoda.

La tarde continuó encadenando situaciones intensas. Al salir del restaurante hacía mucho calor, así que fuimos andando hasta un banco a la sombra y estuvimos allí charlando. Después fuimos a ver a mi suegra a la residencia. Mi marido fue con la moto y yo acudí andando (por la sombra). Al llegar a la residencia recogimos a mi suegra y nos fuimos a dar un paseo por una zona bonita de sombra, donde corría un airecito muy agradable. Pero de nuevo: más saludos, más gente, el bullicio de la calle… Una enorme estimulación ambiental que seguía acumulándose en mí.

Por si fuera poco, después de dejar a mi suegra en la residencia fuimos paseando hasta un súper para comprar unas cositas que necesitábamos. Me empezaba a encontrar saturada.

La autoexigencia

🎯 Tras regresar a casa, apenas entramos necesité tumbarme en la cama para recuperar el aliento, le pedí por favor a mi hijo que preparara la ensalada para cenar y me permití descansar unos minutos.

Pero el día no había terminado: quedaba preparar la tarta que con tanta ilusión me había pedido mi sobrina (su favorita de fresas, kiwis y arándanos), para celebrar su cumpleaños al día siguiente. Y ahí apareció otra de nuestras grandes fuentes de estrés: la presión por la perfección.

Me hacía mucha ilusión hacer la tarta porque me encanta, pero estaba bastante cansada y le pedí a mi marido que me ayudara. Aceptó encantado y yo hice la crema mientras él cortaba las frutas. Al terminar yo de hacer la crema y empezar a echarla sobre la masa quebrada me empecé a agobiar mucho. En cuanto me di cuenta de que el detonante era el ruido del extractor de la cocina (ya tengo detectado que me estresa mucho) lo cerré de golpe enfadada  😱

Después me puse a poner las frutas creando un mandala. Normalmente esta parte del proceso me relaja y la disfruto mucho, pero en esta ocasión como estaba saturada y nerviosa porque quería que quedara genial, las cosas empezaron a complicarse en mi cabeza: un kiwi estaba un poco duro y se me rompía al quitarle la parte del centro, sentía el miedo de que las fresas se hundieran y no pudiera recolocarlas bien en su sitio, había que lavar más arándanos…

Esa mezcla de sobreestimulación y autoexigencia hizo que me brotara el mal genio y que le contestara de forma un poco brusca a mi marido, que solo trataba de ayudarme (conscientemente le aclaré que los nervios no eran con él y le agradecí su ayuda 🙏🏼).

Anaís Isarre, mentora de alegría, sonriendo junto a su tarta mandala vegana de frutas al final de un día de autorregulación PAS.

Mis pequeños salvavidas: Cómo aprender a regularse

⚓ Si te cuento todo esto, no es para que veas un día caótico, sino para que veas un día real completamente normal para una PAS. En mi caso la diferencia entre el pasado y el presente es que ahora me conozco, me observo y sé activar pequeños mecanismos de autorregulación sobre la marcha para que el día no termine en un colapso.

¿Qué pequeñas cosas hice yo (y que tú también puedes aplicar)?

Pausas invisibles: A lo largo del día, en medio del bullicio de Zaragoza o en los momentos de espera, buscaba un instante para cerrar los ojos unos segundos o hacer tres respiraciones sonrientes. Esos pequeños anclajes devuelven al cuerpo y la mente la señal de que estás a salvo.

Aprovechar los momentos de aislamiento: Ir al baño en el restaurante o caminar un rato sola sabiendo que tu pareja va a buscar la moto son minutos de oro para vaciar el exceso de estímulos y bajar las revoluciones.

Comunicación consciente: Identificar que te estás estresando y verbalizarlo. Poder decirle a tu entorno: «A ver, disculpa, esto no va contigo, es que me estoy poniendo nerviosa» disuelve la tensión y evita que el mal genio dañe la relación.

Detectar tus detonantes físicos: Al apagar el extractor y cerrar esa fuente de ruido, el sistema nervioso descansa inmediatamente. Aprender a identificar qué ruidos o luces te saturan te permite actuar antes de estallar (apagar, cerrar persianas, usar tapones…).

Saber pedir y recibir ayuda: Cuando llegamos a casa con la batería agotada, pospuse la elaboración de la tarta para después y le pedí a mi hijo que hiciera él la ensalada para cenar. Ese respiro nos permitió descansar un poco y esa cena ligera y fresquita me sentó de maravilla.

Cerrar el día en positivo y con mimo: Antes de dormir, compensar el esfuerzo del día con un pequeño masaje de pies o unos mimos te devuelve al cuerpo físico desde la relajación. Y, al cerrar los ojos, hacer el ejercicio consciente de agradecer, repasar y registrar en la memoria lo bonito y lo bueno del día (la tarta preciosa que terminamos juntos, el paseo agradable a la sombra, las risas con mi amiga…), para dormirte con el corazón en calma y recargar la energía para el día siguiente.

Vivir con la sensibilidad a flor de piel es un regalo precioso que nos permite disfrutar de las cosas de una manera increíblemente profunda, pero a la vez, requiere aprender a escuchar tu cuerpo, detectar tus patrones y mantener a raya la sobreestimulación para poder disfrutar de verdad de La Alegría de Vivir

❓ Preguntas Frecuentes (FAQ) sobre saturación y alta sensibilidad

🔊 ¿Por qué un ruido cotidiano, como el extractor de la cocina, me puede cambiar el humor de golpe?

Como Personas Altamente Sensibles (PAS), nuestro sistema nervioso procesa mucha más información. Un ruido monótono, mecánico y estridente como el de un extractor, un cortacésped o un electrodoméstico, es interpretado por nuestro cuerpo como una alarma continua. Si, además, ya vienes acumulando estímulos del día (calor, tráfico, bullicio…), ese ruido se convierte en la gota que colma el vaso, activando el estado de alerta y haciendo que brote el mal genio de forma automática. Lo importante es darte cuenta de qué es lo que te está alterando para poder apagarlo o alejarte de ello.

🔄 Sé perfectamente lo que me sienta bien, ¿por qué sigo cayendo en patrones que me dañan (como comer de más)?

Identificar nuestros patrones (como el mandato interno de «en el plato no se deja nada») no hace que desaparezcan por arte de magia de la noche a la mañana. Cuando estamos saturadas y con la batería baja, nuestra mente racional pierde fuerza y el piloto automático toma el control para ahorrar energía. No te culpes si vuelves a tropezar con ellos. La clave está en la autoobservación amorosa: darte cuenta de qué ha pasado, no castigarte, y utilizar la experiencia para comprenderte mejor. Cambiar un patrón es un camino largo, y cada vez que lo detectas (aunque sea después), estás un paso más cerca de regularlo.

❤️ ¿Cómo puedo disfrutar de hacer algo para alguien sin la autoexigencia por hacerlo perfecto?

La línea es muy fina, especialmente cuando preparamos algo con mucha ilusión para un ser querido. El disfrute nace del deseo de compartir y celebrar, por otra parte, la autoexigencia aparece cuando nos ponemos la presión de que el resultado final sea impecable (que la fruta no se mueva, que quede idéntico a lo que imaginas). Si notas que te tiembla el pulso, que te enfadas con los imprevistos (como un kiwi rebelde) o que estás acumulando tensión, la autoexigencia ha tomado el mando. En ese instante, para, respira, suelta tensión, recuerda que la perfección no existe, que seguro que queda de maravilla y que lo que tu entorno va a valorar es el amor que has puesto al hacerlo.

🎁 Un regalo para ti: Mi Receta de Tarta Vegana de Frutas Fácil y Saludable

Como la tarta está riquísima y sé que te has quedado con las ganas de hacerla, aquí te dejo la receta para que la prepares en casa y disfrutes haciéndola tranquilamente.

Ingredientes:

Para la base: 1 lámina redonda de masa quebrada

Para la crema pastelera:

  • 1 lata de leche de coco (400 gr.)
  • 2 cucharillas colmadas de harina de maíz
  • 1 cucharilla colmada de harina de trigo integral
  • 3 y ½ cucharillas de azúcar moreno
  • 1 pizca de colorante amarillo
  • 1 chorrito de esencia de vainilla
  • Unas gotas de zumo de limón
  • Una cucharada grande de margarina

Para el mandala de frutas: Puedes usar la fruta que prefieras troceada. Yo suelo poner fresas, kiwis, arándanos y, a veces, plátano.

Para la cobertura protectora brillante:

  • ½ taza de agua
  • 1 cucharilla de azúcar moreno
  • ½ cucharilla de agar-agar

El paso a paso:

1- La base: Coloca la masa quebrada en el molde, pínchala con un tenedor para que no suba y hornéala según las instrucciones del paquete hasta que esté dorada. Una vez esté hecha la sacas y la dejas preparada para después. Mientras se hace puedes ir preparando las frutas en trocitos.

2- La crema: En un cazo mezcla en frío con las varillas de remover: la leche de coco, la harina de maíz, la harina de trigo, el azúcar, la esencia de vainilla, el colorante y las gotas de limón. Una vez que esté todo mezclado caliéntalo a fuego medio sin dejar de remover con las varillas. Cuando empiece a hervir, retíralo del fuego, añade la margarina, mézclalo bien, vierte la crema sobre la base de masa quebrada ya horneada y déjala enfriar un poquito para que al colocar la fruta no se hunda, pero no demasiado para que no endurezca.

3- El montaje del Mandala: Ahora viene la parte más creativa: Corta las frutas y colócalas sobre la crema pastelera en círculos concéntricos, jugando con los colores y las formas. Disfruta creando tu propio mandala con alegría.

4- El toque brillante: Mezcla el agar-agar, el agua y el azúcar y llévalo a ebullición (sigue las indicaciones del envase). Con ayuda de un pincel de cocina, ve pintando suavemente por encima de las frutas. Esto las protegerá para que no se oxiden y les dará un brillo precioso.

5- A la nevera: Mete la tarta al frigorífico durante unas horas para que coja cuerpo. A mí me gusta hacerla de un día para el otro para que quede más consistente.

6- ¡A saborearla! Disfruta de cada bocado sabiendo que has creado algo hermoso y sabroso con tus propias manos, respetando tus tiempos y cuidando de tu energía. ¡Buen provecho!

✨ ¡Despierta tu Alegría Interior y Cambia tu Mundo!

¿Te ha gustado este artículo? 🧡 Déjame un comentario. ¿Qué pequeño salvavidas vas a poner en práctica hoy mismo? ¡Te leo!

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Anaís Isarre

Apasionada de la vida, educadora social, escritora y mentora de alegría. Conoce la historia de Anaís y Pirueta. Persona con alta sensibilidad (PAS), amante de la naturaleza y vegana por convicción. Madre de tres hermosas personas (dos partos en casa y una adopción) y compañera de Pirueta, su inseparable esencia payasa nacida en 2003. Autora de la saga de desarrollo personal La Alegría de Vivir y fundadora de la Escuela de Alegría, donde acompaña a personas adultas a transformar sus vidas con amor, risa y danza. Síguela en YouTube y ¡atrévete a payasear! 😍

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